Si Grecia se atiene a todas los cambios que se plantean desde Washington, Bruselas y Fráncfort, tendrá que construir su mañana sobre un solar de escombros. «Los 140.000 millones no serán suficientes para mejorar si no se cambia nada», explican los responsables de la reestructuración que hablan abiertamente de un proceso de destrucción creativa.

Pese a la quita de gran parte de la deuda y la formalización del segundo rescate para el país, en los pasillos de la reforma que controlan el FMI, el Banco Central Europeo y la Comisión se traza una travesía por el desierto que tardará al menos diez años en llegar a puerto. «Llevará una década reestructurar el país», admite un funcionario. El panorama, contado en frío, es brutal. Retratan el país como una «colección de intereses particulares» con más de 150 profesiones manejadas por lobbys y un sistema bancario que ha de separarse de una clase política «que lo está matando. Tener a un político en un banco es como poner al zorro a cuidar de las gallinas». La impresión sobre los sistemas estatales no son mejores. «El estado es una máquina enorme que no puede circular a más de 40 kilómetros por hora». ¿Un ejemplo? Que se tarde ocho años en resolver un proceso judicial es «incompatible con la iniciativa privada».

La idea de cambio consiste en darle la vuelta al calcetín. Incluye recapitalizar los bancos, sacar la guadaña y mejorar la competitividad a base de reducir los costes laborales, reducir los márgenes de beneficio, liberalizar las profesiones, privatizar a destajo… Pero tampoco es fácil poner el país en la almoneda. De la lista de 300.000 millones de euros de los activos del Estado, la ‘troika’ ha encontrado solo 70.000, con lo que faltan 230.000 millones cuya propiedad tendrá que dilucidar una comisión estatal. Ni siquiera se tiene claro de quién es qué.

Sí que saben que deben pagar más al fisco. La Comisión reconoce los esfuerzos del país por mejorar la recaudación fiscal, que siguen siendo insuficientes, sobre todo en el caso de los más ricos, pero al Estado le quedan por cobrar 8.000 millones en atrasos. Según el retrato cruel que se dibuja en las salas del poder de Atenas, un tercio de los ingresos del estado provienen de los trabajadores (en Europa son dos tercios). El resto, sencillamente, escapa y el 40% de los trabajadores -los autónomos- no se retratan. «No está en la cultura de los griegos pagar impuestos», admiten ante una delegación de periodistas que ha viajado a la capital con la Comisión Europea para conocer la realidad del país. El que probablemente sea el hombre más votado en las elecciones de primavera tras el gobierno de coalición de Lukas Papademos, Antoni Samaras, deja entrever que privatizará la administración de hacienda si fuera necesario (también los hospitales). En agosto, las 6.000 empresas públicas del país debían 30.000 millones.

«Son mucho más pobres de lo que piensan», dice uno de los examinadores. La conversación se remata en plena plaza Syntagma, el epicentro de las protestas contra las reformas, un ecosistema triste de pintadas y adoquines arrancados en el que este tipo de frases caen como una bomba de neutrones contra el orgullo de ser griegos. Los responsables políticos comparecen ante la prensa internacional y los representantes de la troika como un reo sonriente y humilde frente a un pelotón de recelos y acusaciones. Después de uno de esos encuentros, el portavoz del Gobierno, Pantelis Kapsis, es preguntado sobre cómo se siente ante las acusaciones de Berlín, Bruselas y Washington: «Tenemos que rehacer la marca del país, pero es muy duro…», dice al tiempo que arquea las cejas y resopla. Para rematar el rigor del retrato de la ‘troika’, uno de sus responsables admite que las elecciones a venir no son de su agrado: «Las elecciones en tiempos de pobreza siempre son peligrosas». Según todos los pronósticos, pese a la atomización prevista de los votos y el orgullo herido, la mayoría mantendrá el apoyo al plan de rescate y sus medidas.

Gikas Hardouvelis, director de la oficina económica de Papademos (que sustituyó a Yorgos Papandreu) ratifica en su discurso que el sirtaki frenético que bailó Grecia ha terminado, quizás para siempre. «Grecia no está haciendo trampas. Se han acabado los trucos. Europa tiene un ejército en Grecia que lo ve todo», asegura en referencia a la Task Force o grupo de apoyo de funcionarios europeos que supervisan los cambios. El mayor ajuste económico de la historia es cosa de motosierra: obligados por los memorandum firmados a cambio del rescate, los hombres de Hardouvelis han reducido los sueldos públicos un 30% (le quedan aún 150.000 funcionarios por poner en la calle), un 10% las pensiones, un tercio el número de municipalidades, y un cuarto los sueldos mínimos. Se cerrarán 2.000 empresas públicas. El impacto en la población ha sido brutal: han perdido más de un 20% del poder adquisitivo y las capas más bajas, cada vez más pobladas, pasan literalmente hambre.

Con todo, el cuarto de billón de euros comprometido en el rescate podría no tapar el agujero en las cuentas que agrava día a día la recesión. Corren el riesgo de matar al enfermo al intentar curarlo. Siendo optimistas, el país llegará a 2020 con una deuda del 116% del PIB y faltan años para que alcance el equilibrio. Para cambiar, cuentan con una nueva mentalidad, la confianza de los mercados y una organización más solvente que atraiga a los inversores, argumentos que, para algunos agentes, equivalen a encomendarse al altísimo. A veces, todo no es suficiente.

Fuente: finanzas.com http://www.finanzas.com/noticias/economia/2012-03-19/683481_grecia-derribo-controlado.html