• Hace poco más de cinco años, Joan Rutherford decidió que merecía un buen descanso. No un fin de semana de escapada, ni siquiera unas vacaciones de lujo en las Bahamas, en un confortable complejo hotelero. No. Lo que Joan necesitaba era lo que podríamos llamar un descanso extremo. Por ejemplo, cinco años en un islote de la Micronesia, durmiendo bajo las estrellas y rodeada de gaviotas. “¿Has dormido alguna vez con las gaviotas? ¡Oh, Dios! Hazlo al menos una vez en tu vida -exclama, excitada-. Las blancas suenan como arpas durante toda la noche”. Antes de su descanso extremo, Joan pasó los últimos 27 años de su vida criando a sus hijos y fichando de nueve a cinco como funcionaria del estado de Washington.

    Una vida rutinaria que ha quedado atrás, muy lejos en la distancia y, sobre todo, en la cabeza. “Descansar significa no tener responsabilidades ni preocupaciones acerca de lo que sucede en la sociedad”. Ya en 1988 Joan se tomó unas semanas de vacaciones para viajar en busca de un lugar al que retirarse cuando tocara. No sabía por qué -tal vez el aire o el color del mar o la suave brisa-, pero se sentía misteriosamente atraída por la Micronesia. Cuando llegó a las islas Marshall, supo que ese era el lugar. El siguiente paso era elegir en cuál de los 34 atolones había de instalarse. El criterio era sencillo: el más alejado de las ciudades, las carreteras y las multitudes que pudiera encontrar. Condiciones que cumplía a la perfección el islote de nombre Mili. Un diminuto, plano y solitario punto de arena en medio de un gigantesco desierto de mar. Eso sí, rodeado de vivo coral, aguas transparentes y miles de peces multicolores.

    Joan reconoce que la vida en Mili no ha sido fácil, a pesar de todo; especialmente los dos primeros años. Las violentas tempestades, el calor sofocante, la humedad extrema; y las condiciones de vida primitivas, por descontado: sin agua (solo la que recoge los días de lluvia), sin electricidad (salvo por un pequeño generador que utiliza en ocasiones especiales), sin comida (cinco cocoteros y miles de peces por capturar). Pero no sin ayuda. Aunque vive sola en su micro-isla, cuenta con la amistad y la compañía de una gran familia nativa, la de Shigeru y Kajnet y sus 11 hijos, propietarios del atolón Mili, que han adoptado a Joan como una más del clan. Solo le impusieron dos condiciones para permanecer en la isla: no comer ningún pez sin que uno de ellos comprobara si era venenoso; y no tratar de cruzar la laguna sola, debido al peligro que suponen las fuertes corrientes.

    ‘Micronesian style’

    Los hijos de Shigeru y Kajnet adecentaron la isla y construyeron una pequeña cabaña para su invitada, con salón exterior a la sombra de una palmera y vistas al coral y a la inmensidad celeste del Pacífico. Le enseñaron a plantar patatas, cebollas y lechuga, a sacar todo el provecho de los cocoteros y a pescar al más puro micronesian style. Eso sí, como carece de nevera, “si pesco un pez más grande de lo que puedo comer, lo tengo que devolver al mar”. El resto de su tiempo lo pasa leyendo, buceando o completando su magnífica colección de conchas, algunas de ellas verdaderas joyas de la naturaleza. Tras cinco años de tranquilidad, Joan ha tenido que abandonar su isla por motivos médicos. Ahora está de nuevo en Washington, pero su mente solo piensa en volver a su atolón Mili, con sus gaviotas, sus cinco cocoteros y su soledad.

    El caso del canadiense Harold Hackett es aún más curioso, si cabe. Solitario habitante de Tignish, en la pequeña isla de Prince Edwards, desde 1996 mitiga su falta de compañía humana haciendo amigos de una forma un tanto peculiar: lanzando al océano cientos de botellas de zumo, previamente vaciadas, con cartas en su interior solicitando la amistad del fortuito receptor, como una suerte de Facebook a la antigua. Calcula que ha lanzado en estos años unas 4.870 botellas, la mayoría de las cuales han llegado, mecidas por el viento y la marea, hasta lugares tan remotos como Rusia, Islandia, Holanda, Gran Bretaña, Francia e incluso África.

    Ahogados en una tormenta

    Cuando un nuevo amigo, en cualquier parte del planeta, recibe uno de los mensajes embotellados de Harold, responde a su vez enviando una carta (por correo postal) a su dirección. Cada año recibe cientos de cartas, especialmente en Navidad, y a veces también regalos. Según calcula Harold, debe de llevar más de 3.100 cartas respondidas. “Nunca imaginé que haría tantos amigos”, reconoce. “Cada carta tiene su propia historia. Algunas llegan a varias personas en diferentes países. Otras son tristes. En una de ellas, una señora de Escocia me contaba que sus tres hijos murieron ahogados durante una tormenta”.

    En su pequeña isla ya es toda una leyenda entre los pescadores, que a menudo recogen sus botellas entre las redes. Pero a Harold aún le quedan muchos amigos por añadir a su particular ‘red social’, pues -según él mismo reconoce- “voy a seguir haciéndolo hasta que muera”. Estaremos atentos en nuestra próxima visita a la playa.

    Con una navaja suiza

    El suizo Xavier Rosset también decidió abandonar familia, amigos y comodidades para aventurarse durante un año en una isla desierta (Tofua, en las islas Ha’apai, donde solo hay cocos, cerdos salvajes y un volcán) con una navaja suiza, un machete, una videocámara y unos paneles solares para recargar la cámara como único equipaje. El objetivo, grabar un documental. El reto, aprender a convivir con la soledad y a vivir de la naturaleza (“Al principio fue muy difícil. Tuve que encontrar comida, construirme un techo, aprender a pescar y a cazar”). El resultado, un magnífico documental y, sobre todo, la satisfacción de haberse encontrado a sí mismo en 300 días de absoluta soledad.

  • Fuente: inter http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/sociedad/vidas-alejadas-mundanal-ruido-20120314