El arte del pastoreo. Pongamos el ejemplo de una parroquia en la que los errores llevan campando a sus anchas durante más de veinte años. Un nuevo párroco será tanto más hábil, en la medida en que sepa cuando hay que retirarse momentáneamente del campo de batalla. En la retirada no hay nada de deshonroso.


Si el párroco sabe que una batalla está perdida, es mejor retirarse a los cuarteles de invierno. El pastor debe contar con una concha como las tortugas. Nunca hay que empezar una batalla que sabes que no vas a ganar. El silencio no significa que uno otorgue. Uno se calla las veces que haga falta. Ya llegará nuestro momento. Lo que tiene que tener muy claro el pastor es adonde quiere llegar. Si el programa está claro, el tiempo corre a favor del párroco siempre.


La parroquia nunca debe convertirse en terreno de confrontación. El pastor debe ser factor de unidad. Toda lucha intestina en una congregación siempre supone un cierto fracaso para el capitanea esa nave. Sólo los jóvenes párrocos se dedican a medir fuerzas, a ver hasta donde llega su autoridad.


El pastor con años sabe esperar, sabe callar y sabe transigir. La victoria final bien vale esos sacrificios. Por más que el grupo sembrador de desunión te busque para cruzar espadas, tú puedes ser escurridizo como la peor de la anguilas. Puedes convertirte en la más exasperante de las anguilas.
Después, ya llegará el momento en que los luteros de la parroquia comprueben lo férrea que puede llegar a ser tu autoridad. Pero ese momento lo escogerás tú, el párroco, no ellos.
 

Fuente: inter http://www.intereconomia.com/blog/blog-padre-fortea/nunca-he-visto-una-catedra-episcopal-mas-bella-20130901