Antes de los años 80 pocos Bancos Centrales eran independientes de sus Gobiernos. Es más, muchos opinaban que en un país democrático esa independencia no tenía sentido y dejaba fuera del control democrático/político cuestiones básicas de la política económica como la fijación de los tipos de interés o la política cambiaría.

La necesaria lucha contra la inflación y sobre todo la necesidad de contener las expectativas de inflación puso sobre la mesa la limitación de la influencia de los Gobiernos en estos temas. El proceso de construcción europea fue especialmente beneficioso para la independiza de los Bancos Centrales, ya que era el modelo alemán por excelencia. No lo era ni en Francia, ni en Reino Unido, ni en los demás países. Se limitó esta independencia en EU a un solo mandato: contener la inflación y sus expectativas. Todo lo demás se daría por añadidura según el ordoliberalismo.

En los años 80 y 90 los Bancos Centrales además de independientes eran opacos. Se quería que pudieran tomar sus decisiones sin previo aviso a los mercados. El éxito fue notable produciéndose la gran moderación, que anclo las expectativas inflacionistas de los países. La cosa fue cambiando según los mercados fueron siendo más grandes y determinantes con la globalización financiera. A partir de ahí la transparencia y la comunicación fueron muy tenidas en cuenta. Llegando hace pocos años ha plantearse que los Bancos Centrales debían explicar su visión del futuro y sus reacciones previsibles ante el mismo, para que los mercados supieran a que atenerse -el llamado forward looking-.

Pero ahora hemos vuelto a una cierta opacidad. Los Bancos Centrales no se sienten comprometidos ni por sus propias predicciones e insisten que sólo los datos reales sirven de base a sus decisiones. Los mercados tiene pues que adivinar el porvenir para intuir que política monetaria va a ser ejecutada. Así, en unos tiempos sin inflación, todos los Bancos Centrales están centrados en apalancar o relanzar el crecimiento, con lo que datos como la evolución del desempleo, de los salarios o del crédito se toman por señales de un futuro crecimiento económico y de la aparición de un poco de inflación.

Tradicionalmente los modernos Bancos Centrales negaban tener entre sus objetivos el valor de sus monedas, en el caso de sistemas de flotación, como es en los países desarrollados. Lo contrario podría hacer entender la política monetaria como un instrumento proteccionista. Sin embargo en estos nuevos tiempos de heterodoxas y ultraexpansivas políticas monetarias, según las capacidades de actuación de los Bancos Centrales se van reduciendo, el papel monetario del tipo de cambio se esta volviendo crucial. Con tipos de interés cercanos a cero o negativos la capacidad de maniobra se ha reducido tanto que el valor de las monedas es ya de lo poco que queda para influir.

En Asia tanto el valor del yen como el reminbi son claros objetivos de sus respectivos gobiernos, aquí China tiene la ventaja de no ser un países de moneda convertible y poder intervenir en su economía. El Yen sin embargo se revalúa pese a los esfuerzos expresos en sentido contrario del Banco Central y del Gobierno de Japón.

En la zona euro la disparatada política de un euro fuerte durante la crisis del 2010 al 2014 no hizo sino agravar la situación. Desde el 2015 el BCE esta inundando de liquidez el mercado, comprando 80.000 millones de euros mensuales de deuda, lo que entre otras cosas ha conseguido depreciar el euro frente al dólar y las demás monedas mundiales.

La FED por su parte ha reconocido que sigue de cerca las circunstancias internacionales, para evitar una apreciación excesiva del dólar, perjudicial para sus intereses. Significativo cambio ya que hasta 2013 la FED afirmaba que sólo seguía indicadores domésticos para fijar su política.

La muy baja inflación ha rebajado el papel estabilizador de las monedas fuertes y el bajo crecimiento de las demandas internas aconseja incentivar las exportaciones. La llamada por algunos líderes de economías emergentes “guerra de monedas” podría decirse que existe.
La capacidad de los Bancos Centrales de producir dinero les ha hecho ser equiparados a los alquimistas, supuestamente capaces de crear oro con su alquimia. Algunos de ellos han aceptado esta analogía sin ninguna queja. Sin embargo cuando el poder de la alquimia es decreciente su herencia sin embargo puede ser compleja.

La actual alquimia lo inunda todo pero no llega a todos sitios. La búsqueda de la rentabilidad en un mundo de tipos negativos trastoca el papel asignador de recursos de los mercados, oferta y demanda. Recordemos que en 1954 los inversores japoneses individuales poseían el 54% de la bolsa japonesa, hoy sólo poseen el 18%. Con esa desconfianza los esfuerzos para sacar el dinero de los bolsillos hacia la inversión y el consumo resultan muy problemáticos.

Fuente: inter http://intereconomia.com/opinion/los-alquimistas-20160727-2254