El magnífico comportamiento del turismo internacional, que salvo una catástrofe batirá en 2013 el récord anual tras una temporada alta que ya transita por generosos máximos históricos, ha ocultado en parte aspectos de la primera actividad de la economía española que es conveniente considerar. El primero, y más evidente, es el que se refiere a la debilidad del turismo nacional, que, frente al éxito del internacional pero en coherencia con el flojo el consumo privado, sigue en caída libre.

Estas dos velocidades a las que funciona el mercado turístico, con máximo histórico de viajeros extranjeros hasta julio –y perspectivas que invitan a pensar que por primera vez se superará el listón de los 60 millones de visitantes a final de 2013–, frente a un turismo nacional que no ha frenado su caída desde el inicio de la crisis, con una bajada del 15% en las pernoctaciones, señala un desequilibrio nada satisfactorio. De hecho, mientras la llegada de visitantes extranjeros ha alcanzado un récord histórico en julio, las estancias en los establecimientos hoteleros tan solo han crecido un 0,5% en ese mes.

La principal razón que explica esta contradicción es el fuerte deterioro del mercado nacional, que está afectando a las comunidades autónomas con mayor dependencia del turismo nacional, y en las que solo se salvan tres: Cataluña, Baleares y Canarias, en las que el turismo extranjero representa, como mínimo, el 73% de las visitas (en Baleares llega al 90%). Especialmente significativos de la anemia del mercado interior son los casos de Madrid y Comunidad Valenciana, con fuertes caídas en las pernoctaciones pese a ser dos de los seis grandes destinos turísticos en España. La poderosa industria turística cojea así de una de sus dos patas. Una cojera extrapolable a la economía española en general, puesto que aunque la brillante evolución de las exportaciones, como la de turismo internacional, anticipen la salida de la recesión de la mano del sector exterior –que pesa en torno a un tercio del PIB–, este camino será mucho más difícil sin la imprescindible aportación del mercado interior.

El sector turístico presenta además otra carencia que no viene dada por su actividad, sino por la cuantificación de esta, y que es urgente arreglar. Porque en la estadística no figuran con la precisión necesaria los turistas comunitarios que entran en España por carretera y sin registro alguno, y en la encuesta de pernoctaciones en los establecimientos hoteleros que realiza el INE tampoco aparecen aquellos que no se hospedan en este tipo de instalaciones. Y algo parecido ocurre en lo que se refiere a la cuantificación del gasto. Con una estadística más completa podremos saber con mayor exactitud el verdadero impacto del turismo en la economía española.

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