Carlos Sánchez.- 

11/03/2012

Uno de los debates más extravagantes de los muchos que se producen en este país, tiene que ver con todo lo que rodea al mundo sindical. Se trata de un fenómeno único entre las naciones de nuestro entorno, donde los sindicatos también forman parte del entramado institucional. Pero, en ningún caso, son el eje del debate político. Lo extravagante no es sólo que los sindicatos marquen la agenda como si fueran fuerzas políticas elegidas por los electores, sino que pretendan situarse en el centro de la discusión política pese a su baja afiliación. Creen que pertenecer al establishment les otorga los mismos derechos de representación que poseen los partidos.

 

Mientras que en Europa la tasa de sindicalización se mueve entre el 8% (Francia) y el 75% (Suecia) de los ocupados asalariados, en España el número de afiliados -datos oficiales del INE- se sitúa en el 19%. Es decir, en el rango bajo. Pues bien, pese a ello, los sindicatos son el epicentro en materias tan importantes como las pensiones, la legislación laboral, la inmigración, el sistema educativo o la sanidad, donde las movilizaciones son habituales. Pero no para defender cuestiones vinculadas al centro de trabajo, que sería lo razonable, sino para influir en el debate ideológico sobre modelos de gestión.

 

Esta omnipresencia de los sindicatos -sus líderes se pasan la vida dando entrevistas como si fueran estrellas de cine-, puede tener que ver con lo que se ha llamado ‘argentinización’ del movimiento sindical. Un fenómeno que se produce cuando élites sindicales tienen una enorme influencia sobre el Gobierno y sobre la opinión pública; pero por abajo, como diría el mago Tamariz: ‘nada por aquí, nada para allá’. En España, se ha llegado, incluso, al esperpento de que UGT durante la etapa socialista haya impuesto algunos altos cargos de Ministerio de Trabajo o a colocar a sus representantes en Moncloa. Y algunos de sus antiguos dirigentes han seguido cobrando de la administración una vez pasado su mandato sindical.

 

Sin duda que  no les falta razón a quienes hablan de ‘argentinización’ del movimiento sindical, pero en realidad se trata de un fenómeno típicamente español que habría que vincular a la Transición política, cuando la izquierda tuvo que echar mano de los sindicatos -CCOO era más fuerte que todos partidos juntos en 1977-, para hacer legítima presión en la calle. La fuerza de los sindicatos a nivel mediático y de opinión pública nace, por lo tanto, de la debilidad de las organizaciones de izquierda, incapaces de canalizar el conflicto político en el Parlamento.

 

Capacidad de movilización

 

Eso explica, por ejemplo, que los sindicatos fueran capaces de articular en la calle la respuesta de una parte de la sociedad civil contra la permanencia de España en la OTAN o la guerra de Irak. O, incluso, en los días posteriores al 23F. La logística de la manifestación de repulsa al intento del golpe de Estado fue organizada por los sindicatos, por esas fechas los únicos con capacidad real de movilización.

 

Ese modelo de sindicato socio-político -en CCOO se hablaba de ‘nuevo tipo’-, es el que con el tiempo se ha consolidado, y hoy no hay decisión de Consejo de Ministros que no sea respondida desde Hortaleza o Fernández de la Hoz, las sedes confederales de UGT y CCOO. Por decirlo de una manera sencilla, en España, el centro de gravedad de las reivindicaciones sindicales no está en los tajos, en las fábricas, sino en el plano institucional, lo que les confiere una enorme presencia mediática, aunque las fábricas estén huérfanas de acción sindical. Se ha llegado incluso, al absurdo de que sean los sindicatos los que canalicen buena parte de la formación profesional, lo cual los aleja de su función constitucional y roza la ilegalidad por falta de concurrencia.

Esta omnipresencia de los sindicatos puede tener que ver con lo que se ha llamado ‘argentinización’ del movimiento sindical. Un fenómeno que se produce cuando élites sindicales tienen una enorme influencia sobre el Gobierno y sobre la opinión pública; pero por abajo, como diría el mago Tamariz: ‘nada por aquí, nada para allá’

 

Este modelo de relaciones laborales es único en Europa, donde los líderes son unos perfectos desconocidos. Por el contrario, lo que prima es la acción sindical en los centros de trabajo. Lo importante son las estructuras de rama y no los aparatos confederales. Incluso en países como Alemania y Holanda, donde la negociación colectiva ha estado históricamente centralizada, se está reorientando hacia un fortalecimiento de los comités de empresa y de la negociación descentralizada.

 

En el caso de España, tanta superestructura -alejada de los centros de trabajo-, ha acabado por crear una situación paradójica. Los líderes convocan huelgas generales contra normas que sus propios representantes aceptan en las fábricas y las empresas. En los últimos años, en miles y miles de compañías, los representantes de los trabajadores -ya sea a través de los comités de empresa o de las secciones sindicales-, han aceptado, con buen criterio, ajustes dolorosos para salvar el empleo y que afectan a la reducción de jornada, la movilidad funcional o geográfica. Incluso han pactado recortes salariales. Es lo normal en una situación como la actual, en la que el poco empleo existente debe repartirse para evitar que el ajuste se haga vía despidos. De hecho, los propios sindicatos, que también son empresa con empleados, utilizan estas vías para que no haya despidos, lo cual es razonable.

 

Esta actitud sensata de los representantes sindicales choca, sin embargo, con la estrategia de las cúpulas sindicales, que aceptan sacrificios en las fábricas -ahí está el sector del automóvil-, pero no los asumen a nivel estatal en aras de mantener una presencia institucional desproporcionada. Claro está, mientras interesa.

 

Los sindicatos, a favor del equilibrio fiscal

 

Estos mismos sindicatos que ahora claman contra la pérdida de derechos pactaron alargar dos años la edad de jubilación o aceptaron -en el preámbulo de ese acuerdo-, el escenario de consolidación fiscal. “Se hace necesario”, sostiene el texto pactado hace ahora sólo un año, “equilibrar las cuentas públicas de acuerdo con los compromisos adoptados [con Bruselas], sobre la base de un ejercicio de austeridad que incluya esfuerzos en el gasto público para elegir aquellos con mayor grado de eficiencia y equidad”. No ha transcurrido un siglo, sólo 14 meses.

 

Aquel acuerdo era fruto del ‘tacticismo’ que impregna las relaciones laborales en España y que ha acabado por poner en solfa todo el esquema de representación laboral en los centros de trabajo. Así como muchos ciudadanos recelan del cine español porque es un nido de ‘rojos’, muchos trabajadores pasan de afiliarse porque en realidad los sindicatos representan opciones políticas perfectamente identificadas, y el caso de UGT, mucho menos el de CCOO, es de libro. Los sindicatos pretendían ser de masas aglutinando a todo tipo de trabajadores y hoy son simplemente una opción ideológica.

Tanta superestructura sindical -alejada de los centros de trabajo- ha acabado por crear una situación paradójica. Los líderes convocan huelgas generales contra normas que sus propios representantes aceptan en los tajos. En los últimos años, en miles y miles de compañías, los representantes de los trabajadores -ya sea a través de los comités de empresa o de las secciones sindicales- han aceptado, con buen criterio, ajustes dolorosos para salvar el empleo, y que afectan a la reducción de jornada, la movilidad funcional o geográfica. Incluso han pactado recortes salariales

 

A esto se le suele llamar crisis de credibilidad y es, en realidad, el talón de Aquiles de los sindicatos, que al haberse querido situar en el centro del debate político han acabado por alejarse de lo que sucede en los centros de trabajo. Claro está, excepto en las grandes empresas, la industria más madura y el sector público, donde velan armas en espera de la próxima huelga general, convertida no en un instrumento para derogar leyes o lograr avances sociales -como sucedió tras el 14D-; sino, simplemente, en un fetiche destinado a aglutinar a tanta izquierda desencantada. Por eso, Rubalcaba apoya la huelga, que sin duda será secundada por cientos de miles de trabajadores descontentos legítimamente con la reforma laboral, sin duda manifiestamente mejorable. Porque sabe que ahí está su caladero de votos, y los únicos con capacidad de movilizar tantas conciencias son los sindicatos.

 

CCOO y UGT, por su parte, convocan la huelga para seguir en el centro del conflicto político, porque sus direcciones confederales saben que si salen del foco mediático están muertas. Otra cosa es el sindicalismo en las fábricas, donde miles y miles de delegados se dejan la piel cada día defendiendo los intereses de los trabajadores sin recibir nada a cambio.

 

Es curioso que mientras las cúpulas de CCOO y UGT tienen una sobrerrepresentación institucional y mediática, por abajo los comités de empresa apenas participan en las decisiones de las empresas, lo que confiere un modelo de relaciones laborales vertical que hace agua en los centros de trabajo. Por supuesto con la complacencia de la patronal CEOE, convertida en el tercer sindicato.

 

La crisis del modelo de representación no es, desde luego, un patrimonio español. Esta tendencia al declive es europea y no hay un patrón único de conducta antes la crisis, como se puso de manifiesto en el último Congreso del CES, celebrado, precisamente, en Atenas. ¿La causa? La existencia de diferentes “modelos de capitalismo” en Europa. Pero una cosa está clara, en los países del centro y norte de Europa no hay huelgas generales, mientras que en los mediterráneos (con mucha menor afiliación y más problemas económicos) forman parte de la agenda diaria. Hasta el punto de que Rajoy solía decir antes de llegar a la Moncloa que si no le hacían tres huelgas generales en los primeros meses de su gestión es que algo estaba haciendo mal. La huelga general, de esta manera, en lugar de ser el instrumento más poderoso con el que cuentan los trabajadores para defender sus derechos, ha llegado a formar parte de la liturgia sindical. Hay que hacerla aunque no sirva para nada. Y ningún gobernante se puede ir de Moncloa sin que se la hagan.

 

Lo peor, sin embargo, es que el tiempo histórico corre en contra de esta estrategia con tintes suicidas, y que sin duda un día fue válida. Como ha puesto de manifiesto el italiano Salvo Leonardi,  “el ocaso de los grandes sectores productivos con una importante presencia sindical; el crepúsculo de las grandes empresas industriales, pero también del empleo público; los cambios en el paradigma socio-técnico, la precarización del puesto de trabajo, el auge de los estilos de vida individualistas han erosionado y trastocado de raíz las condiciones materiales y políticas de la acción sindical que conocíamos hasta ahora”. Pero algunos parece que no se dan por enterados.

Fuente: El Confidencial http://rss.feedsportal.com/c/32483/f/480388/s/1d59523b/l/0L0Selconfidencial0N0Copinion0Cmientras0Etanto0C20A120C0A30C110Cla0Ehuelga0Egeneral0Eel0Emago0Etamariz0Ey0Eel0Eoficio0Ede0Esindicalista0E88530C/story01.htm