• José Manuel Rebolledo Chancho se despertó de repente en mitad de la noche. Gritando y empapado en sudor. Eran las tres y cuarto de la mañana según el reloj de cuco de la sala de estar, las tres y media según el Casio digital de su muñeca, las tres menos diez según el reloj barroco recubierto de imitación de pan de oro recuerdo de una visita a una panificadora de Camarena, provincia de Toledo… Su mujer, al otro lado de la cama de uno ochenta, se revolvió, se quitó el antifaz, extendió la mano, le dio una palmadita en la espalda y le dijo a Rebolledo que se durmiera…

    Pero Rebolledo había tenido un mal sueño. Una terrible pesadilla. Había soñado que estaba en el aeropuerto de Barajas viendo despegar y aterrizar aviones desde aquel gran ventanal de la terminal uno… Junto a él había unas cincuenta personas que compartían el entretenimiento. Hasta ahí, el sueño. La pesadilla llegó cuando Rebolledo vio un avión que volaba en línea recta hacia el ventanal. Hacia ellos. Sonó una alarma -posiblemente el cuco dando las tres- y por el servicio de megafonía tronó un aviso con la voz de un locutor de El precio justo: “Se ruega a los señores pasajeros que abandonen la terminal de inmediato”. Rebolledo vio cómo los hombres de aquel grupo de cincuenta personas se marchaban corriendo de las inmediaciones del ventanal. Sin embargo, las mujeres seguían allí, impertérritas. Tronó por segunda vez la megafonía: “Todos los pasajeros deben abandonar la Terminal”. Rebolledo miró a las mujeres. No se movían. Una sacó una polvera y se retocó el colorete. Otra bostezó.

    Todes les flínderes

    Rebolledo miró al avión que se acercaba. En dos minutos aquello sería una bola de fuego. Tercer aviso: “Todos los pasajeros deben abandonar el edificio de inmediato”. Rebolledo -en su sueño febril- comprendió que aquellas mujeres no podían construir su identidad mirándose en el espejo de un hombre y salió corriendo hasta la zona de información. Allí estaba el hombre que hablaba por el sistema de megafonía. José Manuel Rebolledo le cogió por las solapas y le gritó: “¡Idiota, está usando el masculino genérico que produce ambigüedades y confusiones que en este, como en otros casos, dan lugar a una falta de visibilidad de las mujeres!”.

    -¿Perdón? -replicó el hombre.
    -Le perdono, pero ahora tiene que corregirlo.
    -¿Perdón? -volvió a inquirir el hombre.
    -Ya le digo que le perdono. Lea lo que le voy a dar.

    Rebolledo tomó un trozo de papel del mostrador y escribió despacio, en letra redondilla: “Todos los pasajeros y todas las pasajeras deben evacuar la terminal”. Alargó la nota al hombre de megafonía y le animó a que la leyera: “Así es como una mujer se da por aludida, ¿no ha leído usted las guías de uso del lenguaje no sexista?. Espere, traiga el papel. Por si no le gusta ese texto, le escribo este otro, ajá, así: ‘¡Todo el usuariado debe abandonar la terminal!’”.

    El hombre de megafonía leyó el aviso. Nuestro héroe miró a las mujeres y vio cómo el terror se apoderaba de ellas. Al oír que el mensaje las interpelaba desde el respeto a su identidad de género, marca de su específica condición humana, las mujeres quisieron salir corriendo… pero ya era tarde. Una bola de fuego se abrió paso por la terminal calcinando a l@s seres human@s que gritaban horribles juramentos contra la Academia. En aquel momento, y en aplicación estricta del instinto de conservación inherente a toda persona, da igual que sea hombre o mujer, Rebolledo se despertó, gritando y empapado en sudor. En el reloj de cuco eran las tres y cuarto y la mujer de Rebolledo le dio unos golpecitos para que se durmiera…

    Pero Rebolledo no pudo volver a dormirse. Se volvió hacia su mujer y dijo: “Es necesario crear un nuevo lenguaje que visibilice a las mujeres antes de que ocurra una desgracia”. Su mujer se puso otra vez el antifaz y murmuró: “Fenomenal; pues hala”.

    Rebolledo salió de la cama, se puso las zapatillas de felpilla azul con un escudo con dos caballos rampantes bordado en la lengüeta, anduvo a la cocina, encendió la Melitta, se hizo un café cargado y se metió en el cuarto de la plancha, donde estaba el ordenador… En ese momento ya tenía una idea en la cabeza. Aceptando el principio general de economía del lenguaje, cambiar la palabra todos por “todes”, descartar los artículos femeninos y masculino y crear el artículo “les”; y evitar palabras de género como “hombres” y “mujeres” para sustituirlas por un término unisex que acababa de inventarse: “flinderes”. La frase de la pesadilla quedaría así: “Todes les flínderes abandonen de inmediato el aeropuerto”.

    Visibilidad de la mujer

    Rebolledo sorbió despacio el café mientras encendía el ordenador. Sus pensamientos felices sobre su inmediata incorporación como miembre de número de la Real Academia solo fueron interrumpidos cuando miró con pena la jaula de Perico, el canario, muerto en lo mejor de la vida cuando al soltarlo para cambiarle la camita falleció empalado en el paraguas erecto pero plegado que sujetaba la figura policromada de un payaso triste imitación de Lladró…

    El ordenador se encendió, al fin. Rebolledo quitó el tapetito de ganchillo que cubría el teclado y con un par de movimientos de ratón arrancó el programa de tratamiento de textos. Se disponía a escribir el ensayo definitivo para evitar desgracias como el del aeropuerto de Barajas. También abrió internet. Tras el cierre de ese periódico joven y vigoroso tan de su agrado, Rebolledo tenía de página de inicio la de El País. Rebolledo abrió mucho los ojos y dijo “¡oh!”. Allí, con gran despliegue, se ofrecía el último artículo de Ignacio Bosque titulado: “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”.

    José Manuel Rebolledo sentía un hondo respeto por el académico desde que ambos estuvieran en la misma caseta en la pasada edición de la Feria del Libro. Bueno, no exactamente en la misma caseta, pero sí eran contiguas. Es cierto que entre la de Rebolledo y la de Ignacio Bosque había una caseta de perritos calientes y cinco baños portátiles, pero Rebolledo estaba seguro de que Bosque era su colega de Feria. Y eso une.

    Vapuleadas sin piedad

    Rebolledo se frotó las manos, tomó la taza de café con la izquierda y el ratón con la derecha y comenzó a leer… Él no supo en qué momento se le cayó la taza de café al suelo y regó la alfombrita de patchwork que había junto a la tabla de la plancha. Nosotros, sí. Fue al llegar al punto cinco del extenso artículo de Bosque, en el momento en el que leyó aquello de “Pareciera que se quiere dar a entender que la mujer que no perciba irregularidad alguna en el rótulo Colegio Oficial de Psicólogos de Castellón, y que no considere conveniente cambiarlo por Colegio Oficial de Psicólogos y Psicólogas de Castellón, debería pedir cita para ser atendida por los miembros de dicha institución”.

    Rebolledo tenía la boca abierta. Después de una introducción impecable en la que el académico se guardaba bien de las iras de los grupos feministas dando por verdaderas cuatro premisas (a saber: hay machismo en la sociedad, hay comportamientos verbales sexistas, las instituciones tratan de usar un lenguaje no sexista y es necesario extender la igualdad social de hombres y mujeres), Ignacio Bosque sacaba el hacha de limpiar y fijar que vapuleaba hasta nueve guías sobre lenguaje no sexista redactadas por organismos públicos, ayuntamientos, autonomías, sindicatos y, esto es lo más grave, hasta la Universidad de Málaga.

    Rebolledo leyó despacio, con los ojos arrasados en lágrimas, cómo Bosque desmontaba tópicos, denunciaba imposiciones, clamaba contra el intrusismo en materia lingüística (esto le dolió a Rebolledo como ninguna otra herida) y, al fin, se rebelaba contra la idea de que hablar como todo el mundo es aceptar la discriminación.

    Con las primeras luces del alba, Rebolledo encontró las primeras réplicas a Bosque. Las leyó con avidez, como la de Micaela Navarro, la consejera andaluza de Igualdad, que decía que “en la Gramática de la RAE tenemos que caber todos y todas”. También leyó la carta de Comisiones Obreras en la que el sindicato demandaba a la RAE que promoviera “un uso de la lengua más inclusivo desde el punto de vista del género y más igualitario desde la práctica democrática del lenguaje”.

    Pero aquellas réplicas no confortaron a Rebolledo. No aquella mañana. Despacio, con un suspiro, apagó el ordenador, volvió a meter bajo el cactus antirradiación el diccionario de sinónimos (que tan útil le fue en aquel artículo inédito que una vez escribió sobre la estética de los buques, bajeles, navíos, aljibes, paquebotes, embarcaciones, fragatas, motonaves y naves), echó un vistazo a la jaula vacía de Perico, el canario empalado, y se volvió a la cama sin reparar en la mancha de café sobre la alfombra de patchwork. Rebolledo se quitó las zapatillas y se metió en la cama mientras el cuco daba las seis. Su mujer se revolvió y gruñó un saludo. Entonces, Rebolledo contestó: “¿Sabes, Marijose? He decidido no escribir la idea de todes les flinderes hasta que esté dentro de la Academia. Es por precaución. No quisiera que Ignacio Bosque, con quien compartí firma en la Feria del Libro, se predispusiera en mi contra”.

    Ocho años sin esplendor

    Durante las dos legislaturas de Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, y al margen de algunos artículos a título personal (casi siempre del académico y corsario Arturo Pérez Reverte), la Real Academia Española se ha limitado a señalar que los intentos de la ministra Aído por forjar un nuevo lenguaje feminista tenían su contestación en la Gramática de la Real Academia o en el Diccionario de dudas que todos los periodistas tienen la obligación de comprarse en primero de carrera. Ahora, Ignacio Bosque asegura que “varios académicos pensaban que no era suficiente con eso y entendían que era necesario explicar más claramente nuestra posición”. Quizá no era suficiente, sí. Y puede que fuera necesario. También. Y antes… seguro.

  • Fuente: inter http://www.intereconomia.com/noticias-gaceta/cultura/academia-hemos-topado-20120314